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In Aqua
"No a mí, sino habiendo escuchado al logos, es sabio decir junto a él que todo es uno" Heráclito
jueves 12 de enero de 2012
sábado 10 de diciembre de 2011
Lo Vásquez: espiritualidades contrapuestas
La devoción religiosa que despierta la Virgen de Lo Vásquez a muchos de mis compatriotas me merece una doble apreciación. Por una parte, me agrada de sobremanera que haya un mayor vuelco hacia lo divino, en el entendido que lo divino es una realidad efectiva, viviente y constitutiva del cosmos y del ser individual. En el mismo sentido, me alegro por la Iglesia, porque esta devoción la alimenta, y la alimenta con el fin de iluminar –desde una consideración meramente espiritual– y de restablecerse como un agente de influencia en la sociedad –desde una perspectiva más política.
Ahora bien, desde otra perspectiva, esta devoción no me agrada en lo absoluto. Y ese desagrado está dado por el motivo de dicha devoción. Hay algunas preguntas que podrían ilustrar este desagrado: a) ¿Existe realmente un vínculo espiritual con María?; b) ¿Existe realmente, un móvil desinteresado en esta devoción? Mi opinión es la siguiente: la motivación final de gran parte de los que visitan el santuario de Lo Vásquez no es desinteresada; si no es desinteresada, no hay un verdadero vínculo espiritual. Muchos de los que van al santuario de Lo Vásquez cada 8 de diciembre lo hace en un ánimo retributivo “por los favores concedidos”. Esto es: si no hay “favor concedido” no hay retribución. Por ende, tampoco hay devoción.
Esta actitud comercial con la divinidad ya está rechazada en numerosos pasajes del nuevo testamento. Esta actitud comercial, refleja una devoción inauténtica y mercantil, y una lógica vulgar que sería impensable atribuírselo a la divinidad.
Esto no implica decir que la devoción no conlleve una cierta retribución. Ésta, sin embargo, no se condice con el fin de la misma. Una cosa es ofrecer algo a Dios, ya sea como ofrenda, como necesidad de la cual Él se puede hacer cargo, y otra muy distinta es exigir una retribución por esa ofrenda.
En relación a la devoción mariana, creo que acá se perfilan las grandes diferencias entre lo que se conoce como “manda” y lo que se llama “capital de gracias”. En el primer caso, entramos en la lógica mercantil: me haces el favor, y yo te voy a visitar; empero, yo no te voy a visitar si no me haces el favor. Por el otro lado está el capital de gracias, en la cual la entrega es desinteresada, y esta entrega exige una dación sin mediar intención. En este caso, la entrega se constituye como un capital simbólico, en el que queda a juicio de Dios (o María en este caso) el tomarlo como “retribución” a su acción eventual en un caso particular.
Las grandes diferencias entre ambos sistemas se van perfilando: en el primer caso la devoción es causada por una entrega condicionada a la intervención. En el segundo caso, existe una vinculación primigenia que es fundamento de la entrega, y ésta no está en ningún caso condicionada a la intervención.
En relación a estos dos casos, hay una diferencia radicalmente profunda: en el caso de la manda, el porvenir espiritual del sujeto que la realiza depende, en cierto modo, de él mismo. Él actúa creyendo tener la necesidad de ganarse por su propio esfuerzo el derecho de ser parte de la gracia divina (y de los “beneficios” que esta conlleva). En el segundo caso, sucede todo lo contrario. El fundamento del capital de gracias (y podríamos citar otros ejemplos más de prácticas espirituales auténticas) es una relación de filialidad espiritual: la persona se sabe hijo o hija, y en tal sentido la confianza en Dios es una realidad que trasciende toda circunstancia particular. El fundamento de su actuar, y de su pedir es una filialidad permanente. Todo ya le es dado en espíritu. Ha reconocido la filialidad primigenia de su ser y en ese sentido, no tiene que hacer nada para ganarse el derecho de ser hijo o hija. Ya lo es. Y en verdad, todos lo son, sólo que los del segundo caso lo han reconocido, y lo han hecho una certeza permanente en sus vidas.
El símbolo de la gran devoción que los medios muestran cada 8 de diciembre en el santuario de Lo Vásquez tiene muchos elementos constructivos. Sin embargo, no hay que descuidar –por nada del mundo– el fundamento espiritual que hay y que DEBE haber tras estas muestras de religiosidad.
lunes 19 de septiembre de 2011
Amor: dos perspectivas
Hay una postura muy arraigada en el sentido común acerca del amor. Ésta dice algo así: el amor es algo recíproco. Esto implica que uno no puede amar si a uno, a su vez, no lo aman. Esto es: A ama a B si y solo si B ama a A.
Estoy muy en desacuerdo con esta postura, porque ella niega 3 elementos que creo son los verdaderos constitutivos del amor: la libertad, la gratuidad y la universalidad (en cuanto a su objeto y en cuanto a la ley que lo rige). Creo que el amor de verdad es profundamente desinteresado, y que las relaciones de amor (sean de amistad o bien de afectividad) más plenas se dan cuando uno no espera nada a cambio. Esta situación se da una vez que uno ha liberado al espíritu de las expectativas y es libre de amar a todos y a todo. Y esto funciona porque existe una ley universal que no deja al amor sin respuesta. Es por esto que el amor nunca se pierde en su destino: el que no lo toma, deja su lugar a alguien más que responderá por ese amor. Quien hace ese trabajo es la providencia.
Por tanto, el amor siempre es recíproco, aunque no del mismo modo que lo sostiene la opinión del sentido común. El amor es respondido por amor, pero quién y cómo responda no está bajo nuestro control. Es la providencia la que hace los ajustes (y de verdad los hace). La reciprocidad manifiesta (esa misma a la que alude la primera opinión) es un regalo, y bien se dijo que lo que se recibió gratuitamente, se de gratuitamente (Mt. 10,8).
En síntesis: amar, amarlo todo y sin mirar a quién (como una analogía del “haced el bien sin mirar a quién”). Por ley universal, el amor llegará a alguien que pueda y quiera responder por él, y el amor volverá multiplicado. Pienso en los enamorados no correspondidos: no se angustien; amen y la providencia os pondrá a la persona indicada.
Vivir amando es la felicidad. Por su parte, Dios es amor. El que ama ha encontrado a Dios. El que cree en el amor no puede decir que no cree en Dios porque Dios no es más –ni menos- que amor. ¡Y ojo! El amor es gratis (hoy diríamos: sin fines de lucro). El amor no se fija en lo que puede recibir, sino en lo que puede dar, porque el recibir de él es un don de la providencia (y una consecuencia necesaria de su entrega desinteresada).
martes 30 de agosto de 2011
Educación como mercancía y nuestra responsabilidad más próxima
Ha sido muy comentada y discutida la decisión actual de rectoría en torno a la reanudación de las actividades académicas. Muchos han alegado que esta medida no se condice con una educación de calidad, por la cual uno estaría pagando. Muchas de estas personas, además, validan la ocupación de los recintos de la universidad y en general, la extendida paralización de las actividades académicas fruto de lo mismo.
Más allá de las razones de orden económico y práctico para tomar esta medida, y más allá de la validez de ellas, me parece que la indignación que ha generado esta medida refleja una vez más una actitud que me ha parecido transversal a los apologistas del movimiento estudiantil: la educación sería una suerte de servicio, una especie de prestación de orden externo. Desde tal perspectiva, -y haciendo una observación de carácter ético- la responsabilidad de quien está recibiendo tal servicio no existe, porque el resultado del proceso educativo siempre dependerá de la entidad externa que la preste. Por eso, cuando el servicio no es de calidad –como en el caso actual- se alega (y con justa razón podríamos decir) y cuando las actividades están paralizadas, no se estudia, porque no hay ningún deber que cumplir (ninguna evaluación que rendir) porque no hay servicio que está siendo prestado.
Esto conlleva una consecuencia: la formación profesional está netamente enfocada en el ente prestador, y no en quien recibe la prestación. Y esto, a su vez, conlleva otra consecuencia: no hay responsabilidad subjetiva por la formación profesional, ya que en la visión antedicha la responsabilidad está situada en el ente externo, porque de él depende la formación profesional. Esto ha sido notorio en las discusiones que se han suscitado en el movimiento estudiantil: todo está enfocado en la responsabilidad del estado y en el modelo económico, y no (como cabría de esperar en la discusión de algo que es más que una mera mercancía o servicio) en la responsabilidad subjetiva, individual y –por que no- colectiva de quienes se forman.
Esta visión, a mi modo de ver, conlleva una reducción materialista de la educación. Conlleva todo lo que –al menos desde la retórica del movimiento estudiantil- se ha querido erradicar en esta explosión social: el carácter mercantil de la educación. En el fondo, la educación, gratuita o no, seguirá siendo una mercancía mientras no haya una subjetividad que se responsabilice por su propia formación, y mientras esto no se incorpore a las líneas de discusión del movimiento estudiantil.
Una clave de esta reducción materialista puede estar dado por lo siguiente: ¿Cuántos de quienes están en las tomas o paros -o aquellos que no estando, se han desligado de sus quehaceres universitarios- han continuado con sus lecturas, sus ejercicios o sus estudios de manera autodidacta? ¿Cuántos de ellos se han comunicado con sus profesores para que, sin afán de cumplir con una cierta evaluación, los guíen en nuevos aprendizajes?
Esta visión reduccionista y materialista, en mi opinión, refleja un nulo amor por el conocimiento y el saber, motor primario de la formación profesional (y por qué no decir, la esencia misma de la educación). Me parece que esto es consecuencia del modelo económico actual de nuestro país, en la que la formación universitaria es tenida (al menos de modo inconsciente) como un medio de promoción social más que de formación personal. No obstante, este orden de cosas socioeconómicas no obsta a que pueda generarse un cambio de paradigma, en el entendido que los cambios estructurales son y deben ser fruto de un cambio en la consciencia de los individuos, y no al revés.
En síntesis: creo que en la propia responsabilización por la educación está una de las claves de este conflicto. La educación es algo mixto: hay una prestación externa, pero también una subjetividad dispuesta a aprender y a responsabilizarse por ese aprendizaje, con relativa independencia de las circunstancias en las cuales este proceso se da. Hay una lucha colectiva por la educación en su faz externa. Pero también debe haber una lucha personal, moral y espiritual por el modo en que me enfrento a la educación –a la mía propia y a la de mis compañeros. En ello encontraremos una puerta más hacia la libertad.
martes 2 de agosto de 2011
Hace unas semanas subí un video en el cual se mostraba la cruda y dura realidad del hambre en África, problema que se complementa fatalmente con otros más, tales como la insalubridad, la inexistencia de expectativas y la guerra.
Esta realidad extrema, a la cual nosotros no estamos acostumbrados (y tal parece que tampoco lo estaremos) me sugiere una serie de reflexiones, algunas de las cuales quiero darlas a conocer acá, y de las cuales ya otros eventos menos extremos y radicales ya me las han mostrado.
Entre esas reflexiones, me viene inmediatamente la siguiente dicotomía que ilustra la situación en la que nos encontramos nosotros, frente a nuestros hermanos africanos: ruido y silencio. ¿Por qué ruido y por qué silencio? El silencio es la actitud que nos quieren ilustrar tales experiencias radicales. El ruido, por el contrario, es nuestro día a día. El ruido de nuestra preocupaciones diarias, de nuestros anhelos y de nuestras luchas. El ruido también, de nuestros caprichos.
Hace poco tuve un momento de tristeza. ¿Por qué? Porque ese día no pude salir a carretear. Otro amigo, hace un tiempo, estaba muy preocupado sacando cálculos para ver si era rentable comprarse un iPad. Otro amigo -quizás con algo más de razón que en los anteriores casos- calculaba preocupado si su promedio le permitía presentarse a examen. Otros -con algo más de fundamento que los anteriores quizás- marchan y realizan actividades en pro de las bulladas demandas estudiantiles de estas últimas semanas.
Todos nosotros nos llenamos de ruidos que acallan lo esencial. ¿Qué es eso esencial? Aquello de lo cual nuestros hermanos africanos carecen: el ser, que se les va de las manos con cada día que pasa sin comer ni beber; la vida, que se les va de las manos a esas madres y padres que ven a sus hijos morir desnutridos.
Y nuestros ruidos del día a día acallan el ser. Y acallan nuestra visión de las cosas sencillas, de aquellas manifestaciones de la naturaleza que ocurren día a día, de aquella comunión que se da en la mirada de un desconocido. La magia de lo pequeño se escabulle entre nuestras preocupaciones superficiales y entre los ruidos de la sociedad que ha perdido la visión de lo pequeño, que ha perdido el asombro por lo ínfimo. La vida nos muestra la magia de existir todo el día, todos los días, en pequeños gestos que no son escuchados por nosotros, por el ruido que circunda el devenir de nuestros momentos.
Te propongo que te detengas. Que pares esa música, que cierres los ojos y tomes consciencia de lo más ínfimo que puedas encontrar en dicha introspección. Hay mucha magia que en ese momento puede surgir: el latido de tu corazón que lleva vida; la maravilla de un organismo coordinado. Podemos seguir ahora hacia afuera: una habitación temperada, adornada y bella (fíjense en todos sus detalles). Luego, en el aparato que estás ocupando: sus funcionalidades y bondades. Recorre tu casa con esos ojos bien abiertos, y encontrarás que en el silencio las pequeñas voces son escuchadas, y te hablan de magia. Luego, sal al aire libre, y una infinidad de ínfimas voces podrán ser escuchadas, una vez que el ruido ha sido acallado.
El último paso es descubrir el fundamento de todo eso: el ser, que se manifiesta en la propia conciencia. El ser que habla sin ser escuchado, que habla con voz baja entre todo ese ruido. Una vez escuchado, ese ser hablará y el sobrecogimiento será perpetuo: ¡Existir es una maravilla!
Para nuestros hermanos africanos, el ser es lo único que les queda. Por ello pueden escucharlo bien. Pero se les va todos los días. Lo aprehenden y se van del ser. Nosotros lo tenemos en abundancia. ¡No nos diluyamos en banalidades!
Más allá del activismo que puede surgir de tener contacto con esa realidad, creo que el mayor aprendizaje que podemos realizar de la experiencia radical de miseria de dichos hermanos (y el mayor aporte manifestado en nuestro cambio de vida), es ver -paradójicamente- la riqueza que se manifiesta en su vivencia: el contacto directo con el fundamento, ese que habla en voz baja. Ese que es lo único que de verdad importa.
martes 21 de junio de 2011
Soy
El siguiente texto corresponde a una cita a pié de página del estudio preliminar realizado por Laura Palma Villareal sobre el libro «De l'Etre» de Louis Lavelle. El autor del texto es Thomas Merton. Es un texto realmente hermoso y me interpela como pocos.
«Escuchamos desde lo más profundo de nuestro ser, y de ese acto de escuchar nace un silencio rico y enriquecedor, el silencio de Dios que sólo dice «Dios» o «Soy». Una palabra apenas, pero qué significativa... Yo no comprendo por qué, en las discusiones que se suceden hoy en día en torno al problema de Dios, se deja de lado este aspecto fundamental de nuestra vida. Se pretende que nuestros contemporáneos no pueden tener una experiencia existencial, que el ser no significa nada para ellos. Yo no lo veo así. Yo creo que una de las experiencias fundamentales de cualquier ser humano que indague en mayor o menor profundidad dentro de sí, es el descubrimiento sobrecogedor del yo existo, soy. Es una experiencia absolutamente normal en un niño de ocho o nueve años. Siempre hay un momento en la vida en el que uno puede estar haciendo cualquier cosa, o ninguna, y de improviso surge ante él la evidencia de que realmente existe. Se ha dado cuenta de lo que es en realidad existir. No es que haya comprendido la definición del ser. Se siente simplemente sobrecogido por el hecho de ser. Y ese es el lugar en el que la realidad de Dios va a manifestarse. Yo tomo conciencia de mi realidad, y de pronto la realidad de Dios revela ser el sostén de la mía. Allí está la puerta [...] Yo soy amado, [porque] el amor es el ser. Es como un manantial que brota en lo más profundo de nosotros mismos [...] yo soy un don... el ser no cuesta nada... se da y se recibe como un don, pura y simplemente... entonces podemos responder con un sí absoluto»
viernes 27 de mayo de 2011
Entramado
Y caí. Caí cayendo desde un espacio vital contradictorio. Me contradije en el sentido de los versos inestables e insulares, y la inestabilidad de tus silencios terminó por caer. Y todo calló.
(De la colección: Encuentro)
(Arte: El nacimiento de América - R. Matta)
(De la colección: Encuentro)
(Arte: El nacimiento de América - R. Matta)
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